El paso del tiempo nos permite por lo general ir viviendo diversos tipos de experiencias y el transcurso de la historia de la humanidad va cargada de situaciones y momentos históricos que para la mayoría de las generaciones en curso hace que las mismas sean inéditas.

Lo que comenzó muy a principios de este año 2020 y aún hoy estamos viviendo con la pandemia del COVID-19 se constituyó sin dudas en una nueva experiencia para todas las personas que habitamos este planeta.

Si bien ya han habido varios episodios a lo largo de la historia de fenómenos de gran cantidad de contagios y fallecidos, esta tuvo por sus características algo muy distinto.

No fue como el caso de experiencias muy recientes como el SARS o gripe aviar que quedó circunscrita a unos pocos países, no, está fue una situación que no quedó lugar del planeta prácticamente sin que llegase la pandemia.

En este caso aristas propias de nuestro tiempo conforman con ella particularidades que la hacen distinta.

Los fenómenos de lo virtual, de la comunicación en tiempo real de lo que está aconteciendo en otro punto del planeta, fueron anticipándonos el escenario al que nos íbamos a enfrentar y a la nueva experiencia que íbamos a vivir. No obstante parece que no fue suficiente para poder asimilar y aceptar que algo nuevo efectivamente se iba a imponer en nuestro diario vivir.

Cabe destacar también nuestro encomiable esfuerzo por negar lo que se venía tanto a nivel de nosotros mismos como personas, ciudadanos, así como también la negación emergió en el plano país y sus instituciones.

Cuando todo comenzó en el lejano oriente por China lo que primó fue que una vez más por esos lugares lejanos iba a ocurrir un nuevo episodio como el SARS o gripe aviar o porcina. Luego al llegar a Europa y ver que de la tierra de nuestros ancestros comenzó a sobrevenir con una virulencia no esperada y las imágenes empezaron a desbordar no solo los noticiarios y diversos medios de prensa sino que a través de nuestros celulares, computadoras, tablets, podíamos ir siguiendo día a día y hora a hora las imágenes y testimonios de lo que ocurría.

Pero cuando esto comenzaba, la gente de estas latitudes de nuestra América seguía viajando sin pensar ni dudar un instante, desde fines de febrero y ya bien adentrado marzo había gente que seguía partiendo para lugares que la pandemia ya se había desatado de forma ostensible.

Hasta nuestro gobierno saliente en la segunda quincena de febrero a través de la Cancillería realizó una donación de insumos básicos a China para combatir el coronavirus, desde tapabocas a respiradores!!! Tamaña negación en todos los niveles, incluso los que debían considerar y sopesar por la responsabilidad de sus cargos en velar por la vida de sus ciudadanos se convencían en esa fecha que esos problemas eran tan solo de otras latitudes.

¿Negación? Más parece ya desmentida.

Y nosotros en nuestro trabajo con nuestros pacientes también estábamos viviendo toda esta situación que se venía día a día cruzando el océano y luego por nuestros hermanos americanos pero de la cual poco y nada se hablaba en los consultorios, y si se lo hacía era referido como un escenario ajeno, algo que a nosotros no nos iba a tocar, y que ese espacio tan especial construido entre nosotros y nuestros pacientes la ilusión que se constituyese como un más allá de todo ese escenario, una suerte de bunker inexpugnable.

¿Cuántos de nosotros nos tomamos algo de tiempo para ir trabajando con nuestros pacientes, y padres de nuestros pacientes menores de edad este escenario que se nos venía a pasos agigantados?

A casi tres meses del inicio de este nuevo escenario y experiencia inédita de lo hablado con unos cuantos colegas hay una casi unanimidad de relatos de lo desprevenidos que nos tomó esta situación y la ausencia de trabajo previo con nuestros pacientes sobre cómo íbamos a seguir trabajando si es que se podía continuar haciéndolo. Pero lo quizás lo que más nos costaba asumir era como eso nos iba a afectar más allá si el trabajo se continuaba tal como lo veníamos haciendo en forma presencial, o pasábamos a hacerlo a distancia o si el paciente o nosotros mismos no nos encontrábamos en condiciones de continuar de manera alguna.

¿Acaso para que nos pasara esto, una gigantesca capacidad en negar lo que irremediablemente nos iba a ocurrir tuviera raíces en un tipo de experiencia del orden de lo impensable? Desde luego que esto que se nos venía generaba la sensación por lo visto no consciente para casi todos y amenazaba con barrer no solo el encuadre sino quizás bastante más que eso, y no porque fuese poco, sino además por el hecho de no poder mentalizarlo, no lograr conectarnos con algo que sin percatarnos ya lo estaríamos viviendo como profundamente intrusivo.

Una de las dimensiones que quedó notoriamente alterada en nuestro trabajo fue la de espacio-tiempo. Esa unidad que termina conjugándose con esos dos ejes fuertemente entrelazados fue uno de los aspectos que sufrió un quiebre.

Ese espacio construido entre nosotros y nuestros pacientes donde se desplegaba ese encuentro quedó súbitamente transformado. Sin dudas que la transformación fue mucho más visible cuando con ese paciente tuvimos que pasar a verlo a distancia, pero también en los casos que se pudo continuar con el abordaje presencial sin haber realizado un corte aunque de forma más silenciosa irrumpió algo que aunque se mencionase muy poco en lo discursivo estaba igualmente presente.

En lo que fue para la mayoría de los casos, dependiendo de cada país y de cada ciudad, provincia y departamento, el pasaje de recibir al paciente, esperarlo a que se trasladase a nuestro consultorio y nos tocara el timbre o esperase en la sala de espera pasamos a llamar al paciente o ser llamados por los mismos. Pasamos del paciente que se dirigía a ese espacio físico y vivencial único donde se producía cada sesión, a “encontrarnos” en la casa del paciente, o a veces en algún otro espacio. En algunas situaciones el paciente aparecía en escenarios diferentes dentro de su casa o fuera de la misma e incluso en ciudades diversas cuando la situación sanitaria lo permitía. Por si fuera poco en muchos casos nosotros también nos encontrábamos en otro escenario cuando no podíamos hacerlo de nuestro consultorio por diversas circunstancias.

Pero este espacio modificado a su vez iba acompañado de la mano de otro cambio, el de la temporalidad. ¿Qué pasa con esta dimensión de tiempo que opera de manera silenciosa en nuestro diario vivir? ¿De qué forma opera este tiempo en el paciente que por ejemplo le lleva trasladarse desde donde se encuentre previamente sea donde sea, pero que entre otras cosas implica salir a la calle y transitar por la vía pública sea en auto, metro, taxi, ómnibus o caminando? ¿De qué manera ese tiempo opera en el paciente mientras se despoja del espacio previamente ocupado ligado a otro tipo de registros y emociones, mientras va transitando hacia otro espacio muy distinto que no tiene que ver con ningún otro?

¿Cómo se desprende el paciente de lo que hace un instante atrás estaba realizando desde su casa algo plenamente doméstico, ayudando a un hijo con una tarea escolar o preparando comida para el almuerzo o cena, o discutiendo con un miembro de la familia o teniendo que dejar por la mitad algún tipo de tarea todo esto sin disponer de un tiempo de separación y tránsito hacia otro lugar y dimensión?

Ese tiempo dedicado a sí mismo que va indisolublemente ligado a un espacio parece difícil que no se vea afectado de alguna forma y con ello el trabajo analítico en curso.

¿Qué lugar pasamos a ocupar cuando se genera un cambio de estas características donde la sesión se puede tener en situaciones muy diversas, tanto en lo espacial como el entorno que rodea al paciente?

Pero también como lo señalaba anteriormente el entorno nuestro también cambiaba, si nuestro consultorio quedaba fuera de nuestra casa y no disponíamos de telefonía de base y la misma no se podía conseguir en poco tiempo, pasábamos a atender desde nuestra casa en un ambiente muchas veces improvisado y donde también nosotros nos sentíamos perdiendo ese espacio físico indisolublemente ligado a nuestra identidad como analistas.

También teníamos que tener cuidado en no sentirnos escuchados por las demás personas que se encontraran cerca, como también nos podía afectar sentirnos vistos por nuestros pacientes en otro ambiente y de una forma distinta por encima de todo. Lo que se ve del otro pasa a ser mucho más limitado desde ese primer plano que obteníamos en una pantalla más allá de la herramienta específica, pero paradojalmente también pasaba a ser más amplia donde se podían percibir o escuchar otras voces, ruidos y también a veces interrupciones o apariciones imprevistas de otros miembros de la familia.

Para quienes pudimos mantener el trabajo presencial con algunos pacientes mientras con otros se pasó a continuar el trabajo a distancia, ese contraste en lo cotidiano nos generaba múltiples sensaciones extrañas, en particular cuando el trabajo a distancia se realizaba desde nuestro hogar, trasladándonos a diario de un lugar a otro siendo analistas presenciales y virtuales en la misma jornada.

Aún así en los países como en Uruguay donde existió la posibilidad de elegir y mantener la libertad de salir de nuestro hogar a trabajar u otras situaciones sentidas como necesarias como por ejemplo mantener ese espacio compartido con un otro, también existió la posibilidad de acordar la continuidad del trabajo a distancia, pero aún así terminaba siendo una decisión de ambas partes para mantener y dar continuidad a ese espacio conformado entre paciente y analista. Esto no fue en absoluto un detalle menor dado que ante todo fueron ambos que pudieron crear esa alternativa. Ni uno ni otro, sino ambos protagonistas de esa nueva modalidad; no impuesta por nadie de afuera, por un decreto sino como una de las posibilidades que existía.

Cuando por el contrario se decretó la prohibición de hacerlo y eso se impuso como aconteció en muchos países, la vivencia experimentada en dicho espacio seguramente habrá sido distinta, posiblemente vivida de forma intrusiva.

Evocando a Winnicott cuando se explayaba sobre la idea de creatividad: “Lo que hace que el individuo sienta que la vida vale la pena de vivirse es más que ninguna otra cosa, la apercepción creadora. Frente a esto existe una relación con la una relación con la realidad exterior que es relación de acatamiento; se reconoce el mundo y sus detalles pero solo como algo que es preciso encajar o que exige adaptación. El acatamiento implica un sen@miento de inu@lidad en el individuo y se vincula con la idea de que nada importa y que la vida no es digna de ser vivida…. De uno u otro modo nuestra teoría incluye la creencia de que vivir en forma creadora es un estado saludable y que el acatamiento es una base enfermiza para la vida. No cabe duda de que la ac@tud general de nuestra sociedad y el ambiente filosófico de la época contribuyen a este punto de vista que sostenemos aquí y ahora. Quizás no lo habríamos afirmado en otra parte y otra época.” (1) Parece ser muy oportuno rescatar la vigencia de este profundo concepto de D.Winnicott de creatividad como esencia de salud y por otro lado el de acatamiento ligado al de enfermedad tan presente en los tiempos que nos está tocando vivir.

La posibilidad en haber logrado en muchos casos diversas formas de haber dado continuidad a procesos iniciados y que dicho fenómeno haya sido creado conjuntamente parece ser de un gran valor. Particularmente cuando desde el medio ambiente-país se haya habilitado y no obligado a implementar diversas formas de llevar a cabo la continuidad del proceso mitigando así la imposición y la consecuente vivencia de intrusión.

Martin Mas

BIBLIOGRAFÍA

D.W. Winnico< (2008) “La creatividad y sus orígenes” en “Realidad y juego” Cap.5 Edit. Gedisa, Barcelona.

Grupo Winnico< de AUDEPP, 1988-2020, reflexiones grupales y actas.