Suely Duék

Miembro efectivo del Círculo Psicoanalítico de Río de Janeiro

En respuesta a una corriente psicoanalítica que apunta a la muerte del psicoanálisis, encontramos en «Freud, Pensador de la Cultura», un libro editado en 1985, en «Intervenciones», y en el último año en «Sociedad, Cultura y Psicoanálisis» la reacción de Renato  Mezan, que demuestra por qué el psicoanálisis no se está acabando ni se acabará, podemos decir que este tiene razón.

Freud,  en su texto de 1913,  «El interés científico del psicoanálisis», hablando con los médicos, comienza diciendo que «el psicoanálisis es un procedimiento médico que tiene como objetivo curar ciertas formas de enfermedades nerviosas a través de una técnica psicológica».

La apertura de Freud como médico, demostrando el núcleo del psicoanálisis como psicológico, dio paso al psicoanálisis aplicado, la natural descendencia del psicoanálisis clínico, para pensar en un conocimiento que no sea clínico, es decir, la cultura y el arte.

Así, el psicoanálisis no solo sobrevive, sino que vive en la actualidad de lo psíquico, en los contenidos del inconsciente.  

Esta práctica inaugurada por Freud explica bien que el objeto del psicoanálisis no es solo lo que ocurre en las sesiones de terapia, sino que incluye todos los contenidos psíquicos, sociales y culturales.

Mezan prefiere el término psicoanálisis implícito y explica: «El analista no solo es un profesional en terapia, és también un ciudadano involucrado en el tejido de su tiempo».

La cantidad de fenómenos clínicos y los procesos de la sociedad contemporánea traen nuevas demandas del analista, que necesita moverse entre los diferentes tipos de conocimiento, conocer la cultura no solo relacionada con el entorno de su cliente, sino también conocer la historia y la política de su tiempo.

Hoy preferimos el término psicoanálisis extendido, porque además del psicoanálisis de la cultura también incluimos el covid-19 y la consulta remota, no presencial.

Es importante que el analista encuentre su capacidad para investigar el mundo, para trabajar en estos puentes señalados por Freud y Mezan, porque el analista, además de un profesional de la terapia, también es un individuo que pertenece a lo social.

Estamos involucrados en la relación con nuestros clientes y con el ecosistema, la biotecnología y los diferentes caminos de la tecnología, o sea, todo lo que hace girar al planeta.

Para basar la vida efectiva del psicoanálisis y también la inserción del analista en la cultura y la política, utilizamos esta triste «oportunidad», la catástrofe sanitaria, física y mental en la que estamos viviendo, la pandemia de virus corona que nos deja aislados, una enfermedad que  no es honorable y que nos hace enfrentar la muerte, nos aleja de nuestros entes queridos y nos trae mucho sufrimiento a todos nosotros, analistas y pacientes.

Este año nos sorprendió la nueva covid 19, una pandemia que causó un número absurdo de muertes, resultando en pérdidas existenciales y materiales incalculables para los más necesitados.

Una enfermedad que nos paralizó de varias maneras, incluso haciéndonos imposible trabajar en nuestras oficinas, en las aulas, en las escuelas, excepto por medios virtuales.

Plagado por varios tipos de miedo y odio que se configuran según las regiones y las diferencias individuales, alimentados por el neoliberalismo y la desconfianza, vivimos con docenas de interpretaciones sobre el origen del virus, incluso  la versión que dice que este virus fue  fabricado en laboratorio con fines económicos y políticos.

Su carga viral y su invisibilidad hizo transparecer la falta de confianza entre los líderes de los diferentes países del mundo y también entre los individuos.

La confiabilidad y la solidaridad, el cuidado con los demás y con todo lo que nos rodea, conceptos importantes en la teoría de Winnicott desde la relación madre-bebé, serán el camino hacia el nuevo pos-covid normal, si queremos la integración de la salud y la paz,  porque los humanos aún no han logrado formar la humanidad.

La desigualdad, la falta de solidaridad, el consumismo y la competencia en el siglo XXI socavan las promesas hechas por  la globalización del siglo XX.

Las terribles noticias resultantes de la relación miedo-odio nos traen imágenes trágicas similares a las de la Segunda Guerra Mundial, donde Ana Frank estuvo escondida en el ático durante dos años y luego murió, ya que estamos cumpliendo aislamiento en la lucha contra el virus, pero con una diferencia básica: hoy tenemos el progreso  de la  buena tecnología en nuestro favor, y las personas necesitan saber cómo usarla adecuadamente.  Como nos dice el sociólogo Boaventura Souza Santos: «los que no temen no tener esperanza tendrán esperanza».

El historiador y filósofo Uyval Noah Harari dice que el antídoto contra la epidemia no son los muros, mucho menos la segregación, sino que un cambio en la economía social, y para que eso suceda, recordando a Winnicott, es necesario que la especie humana construya una  base sólida de confiabilidad en las relaciones entre ricos y pobres, en el cuidado del otro, de la tierra y de todo lo que nos rodea.

¿Qué escenario encontramos hoy en el mundo?  El abandono  de los hospitales, la destrucción del ecosistema, el consumismo y la «concentración de ingresos con quienes poseen los datos» (Harari – 21 lecciones para el siglo XXI), el abandono de los países pobres y la delegación de importaciones de  los países «hermanos», pues ante la catástrofe de la invisibilidad del virus, todos se engañaron con  este tipo de «confianza» en el otro, ya que, en el momento de la lucha por la supervivencia, experimentaron una competencia desleal.

La salud fue desechada y aquellos que no invirtieron en sí mismos fueron golpeados, decepcionados y traicionados, porque el dinero ganó el mercado y este venció.

Los que tenían más dinero compraron su supervivencia, tal vez su vida. Ahora todos necesitan plantar de todo en su territorio si quieren cosechar, preparándose para días difíciles nuevamente.

Estamos acostumbrados a pensar en la salud, pero no a brindar una mejor atención a los vulnerables. Esta es una verdad que nos elude.

Las epidemias no respetan las fronteras y discriminamos a otros países, somos xenófobos y no promovemos la unidad.

La humanidad necesita tomar una decisión: ¿Seguir por el camino de la desunión, o adoptar el camino de la solidaridad global?  Si elegimos la desunión, no solo se prolongará la crisis, sino que probablemente provocará catástrofes aún peores en el futuro.

Si una pandemia no sirve para un cambio saludable en la conexión entre todos los pueblos, corremos el riesgo de dividirnos en castas, pues la tierra no puede continuar sirviendo a la desigualdad del mundo.

La igualdad, que se convirtió en un ideal en el siglo XX, se está derrumbando en el siglo XXI. Los gobiernos estaban invirtiendo en educación y salud y reduciendo la desigualdad, y toda una generación creció con la esperanza de que no habría países pobres ni países ricos. Sin embargo, lo que vemos es que la globalización ha beneficiado a la humanidad, pero a algunos más que a otros.

Nuestros estudios de psicoanálisis demuestran la importancia del bienestar en nuestras vidas, la importancia del afecto y del cuidado, el peligro de fallas básicas no reconocidas, la discontinuidad en el desarrollo del individuo.

La crisis, en el caso de la epidemia, es también un momento en que ocurren reacciones aberrantes, como el odio.

En Nueva York, los neonazis y los supremacistas blancos están alentando a los miembros a difundir el covid-19 a la policía y los judíos (según un informe del FBI obtenido por ACB News) a través de fluidos corporales e interacciones personales.

Cuando apareció la proliferación del SIDA, muchas víctimas también tuvieron relaciones sexuales con personas para contaminarlas.

La repetición de las normas de relación, como la rebelión, son formas de convivencia conocidas como civilizadas por la acumulación de la demanda de cultura de la segunda mitad del siglo XX.

Para algunos pensadores modernos, el inconsciente del sujeto ya no es el de la represión de Freud, es el inconsciente del odio, donde la falta y la pérdida se disocian sin un cordón de creatividad que pueda unirlos hacia la  elaboración.

El inconsciente está relacionado con el no reconocimiento de la diferencia del otro, con la otredad, con el no permitirse pensar desde la figura del otro, una forma de perversión común en la sociedad.

Las ideas opuestas funcionan como una estrategia de supervivencia, donde el límite entre lo normal y lo patológico es borroso.

Con este escenario, ¿qué necesitamos o vamos a hacer?  ¿Cómo lidiar con esta situación?  Todo indica que diferentes grupos humanos tendrán futuros muy diferentes si solo hay un propietario de los datos, pues la tierra ya no será el motivo de la guerra.

El peligro sigue siendo la concentración de datos, de riqueza, en manos de un solo grupo, y seremos su producto, es decir, humanos sin autonomía.

Si el cambio es necesario donde el psicoanálisis del cuidado con el otro trabaja para fortalecer el vínculo social, ayuda a las personas a no ser meros productos de otros que toman decisiones por nosotros.

¿Qué les vamos a enseñar a los bebés del siglo XXII? ¿Les vamos a enseñar cómo evitar conflictos, cómo odiar al odio que sienten, diciendo simplemente “odio” hacia un lugar vacío y desvectorizado que está en todas partes y en ninguna parte, sin saber cómo salir del conflicto, porque no están dispuestos a dar legitimidad a un lugar de excepción?  ¿O les vamos a enseñar a encontrar los puntos positivos en sí mismos para formar un vínculo social sólido y construir el colectivo?  Cuando el odio al odio ya no puede mantener su distancia, se desborda y surge la explosión de violencia, sociedades donde los sujetos buscan minas terrestres y luego, cuando ya no funcionan como una prohibición, cuando no hay forma de metabolizar el odio, matan para no morir.

Intimidados ante algo más grande como una pandemia que maltrata a todos por igual, pero principalmente a los pobres, vemos la fragilidad del vínculo social que no tiene a nadie más para abordar el odio, porque este enemigo es desconocido y requiere unidad colectiva.

Hay innumerables casos de violencia doméstica que aumentan precisamente porque el sujeto se siente frágil frente al virus, incapaz de dominarlo, temeroso, por lo que debe demostrar que es fuerte y que no se deja subyugar.

Los bebés no nacen construidos y Winnicott habla de esto muy bien cuando describe los pasos para el desarrollo saludable del individuo, la importancia del ambiente donde vive el niño, la continuidad de la presencia emocional de la madre o del cuidador, quien ofrecerá  espacio para que se viva el amor, pero también el odio que permite la supervivencia, la representación que proporcionará la transmisión del mundo al niño.

El principal problema que surge es el de la transmisión.

La construcción en el niño no es espontánea, cuando no tiene suficiente representatividad de transmisión no es parte de su mundo de pensamiento, no pensará que otros son diferentes de él o que otros lugares son diferentes de su lugar.

La falta de transmisión tiene consecuencias para las generaciones siguientes,  es una arma en la mano para desastres, incapaz de enseñar cómo lidiar con lo desconocido.

Entonces apostemos en el cambio de los humanos, el virus nos ofrece esta oportunidad, a pesar de las pérdidas, o simplemente por las pérdidas…

Hay 2 opiniones!


  1. Miguel Angel dice:

    Los trabajos de Winnicott, demuestran la necesidad de favorecer el sostén y las condiciones para que el principio maternal primario, se despliegue sin obstaculos externos.
    Miguel Angel

    1. Suely Duék dice:

      O pensamento de Winnicott nos trás sempre esperança ; obrigada pelo comentário Miguel

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